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Cada año, más de 200 millones de latinoamericanos son víctimas de algún acto delictivo1, siendo las tasas de criminalidad más altas del mundo. Mientras Europa o América del Norte presentan tasas de homicidios dolosos inferiores a 4 por cada 100.000 habitantes, el promedio en el Caribe y en América del Sur sobrepasa los 18, a la vez que el promedio de América Central y México sobrepasa los 252
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La expresión víctima no sólo refiere a la persona que ha sufrido la agresión o daño, sino no se extiende hasta sus parientes más próximos tanto de consanguinidad como de afinidad y también a quienes al intervenir para asistir a la víctima en peligro o para prevenir la victimización, sufren algún daño.
Generalmente, cuando ocurre un hecho delictivo, los organismos encargados de la administración de justicia y la sociedad en sí, fijamos la atención en el imputado, la magnitud del delito y la condena que se aplicará, pero dejamos de lado a la víctima, quien más bien debería ser el centro de atención, cuidado e interés general y de esta manera enterarnos de las consecuencias o traumas que sufre, cómo debíamos apoyarla, o cómo debíamos responder el daño sufrido y sobre todo crear políticas de cómo debe ser tratada en los organismos de administración de justicia como la Policía, Ministerio Público y Poder Judicial en general.
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La seguridad está lejos de ser una discusión teórica. Es una necesidad vital, un sentimiento primario que contextualiza nuestras decisiones, anhelos, desafíos, posibilidades y dificultades. No es una cuestión de disputa de banderas políticas ni un favor de los representantes, es una política que el Estado diseña y sostiene para legitimar su propia existencia como garante del contrato que une a los ciudadanos bajo una misma forma política. La seguridad permite ejercer el derecho a vivir en paz aprovechando y gestando oportunidades de desarrollar la vida propia y la de los seres queridos. El ambiente de inseguridad arre- bata ese derecho, descontextualiza la psiquis e interrumpe el desarrollo vital.
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Como método de estudio de las víctimas de suicidio, homicidio, asesinato y accidentes de tránsito. Aplicación práctica del método a la investigación criminal; a la prevención de las muertes violentas en la comunidad y de la autopsia psicológica al derecho penal y civil. Instructivo para la autopsia psicológica. Indicaciones útiles para la aplicación del método.
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La presente obra tiene por objeto recopilar las conferencias de los panelistas del Segundo Seminario Internacional de Victimología. Algunas, a modo de conferencias; otras en artículos en los que se sintetizan las ponencias realizadas por los expertos invitados, entre los que encontramos a: La doctora Olga Gómez, directora ejecutiva de la Fundación País Libre, coordinadora del Centro de Atención a Víctimas de Bogotá y miembro de la Sociedad Mundial de Victimología; la doctora María Clara Galvis, consultora de la Fundación para el Debido Proceso Legal del Programa de Derechos Humanos, de USAID, en Colombia; el profesor Luis Ramírez, coordinador del instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales, de Guatemala (ICCPG); el profesor Enrique Chía, catedrático de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en el área de la Psicología, y especialista en el Tratamiento a Víctimas; la doctora Claudia Paz y Paz, Consultora Nacional de la Misión de las Naciones Unidas para Guatemala, y coordinadora del departamento de Capacitación, del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales de Guatemala; la doctora Wendy Martínez Mejía, jueza de la Cámara Penal de la Corte de Apelación de la Provincia Santo Domingo, y profesora universitaria; la licenciada Natividad López, encargada del programa Casa de Acogida, Ministerio de la Mujer; y el profesor Miguel E. Valerio Jiminián, consultor del Comisionado de Justicia en Victimología, y también coordinador de la Comisión de Protección a Víctimas y Testigos de esta dependencia.
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Como veremos a lo largo de este manual, la víctima del delito ha sufrido durante demasiados años un secular y deliberado abandono (García-Pablos, 1996) hasta el punto de llegar a ser considerada “el gran personaje olvidado” tanto por el sistema jurídico penal como por la criminología en general, más interesados por el hecho delictivo y la justa retribución al responsable del mismo (Manzanero, 1989).
Son múltiples y variadas las explicaciones que tradicionalmente se han venido dando para explicar este olvido. En este sentido, Neuman (1984) recurriendo a conceptos psicoanalíticos, plantea que el criminal es capaz de promover una mayor identificación y un mayor respeto, tanto por parte del estudio de disciplinas penales como del hombre común. Nadie parece querer identificarse con el “perdedor”, con la víctima que soporta los efectos del crimen (físicos, psíquicos, económicos, sociales, etc.), además de la insensibilidad del sistema legal, el rechazo, la insolidaridad de la comunidad y la indiferencia de los poderes públicos (García-Pablos, 1996). Otros encuentran la explicación en el miedo que se tiene al criminal. El sujeto antisocial es naturalmente temido por la colectividad: es el pánico que sienten las ovejas hacia el lobo. Pero, ¿quién teme a un cordero?. Es la víctima propiciatoria, es manso, no es peligroso. Los criminales pasan a la historia en tanto que las víctimas caen en el olvido (Manzanero, 1989).
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Los psicólogos sociales a menudo nos preguntamos sobre la aplicabilidad de nuestros conocimientos. Este libro pone a disposición de los estudiantes de Ciencias Sociales, en general, y más particularmente de los profesionales y estudiantes de Psicología Social, los elementos con los que considerar su práctica profesional. Esperamos que este texto contribuya a hacer comprensible la utilidad de la Psicología Social para reflexionar sobre los problemas sociales y contribuir desde ese conocimiento a su resolución. Esta dimensión pragmática del conocimiento justifica, en -sí misma, un texto de estas características. Asimismo, decantar la mirada hacia diversos campos y contextos de aplicación de nuestro conocimiento constituye un ejercicio importante de reflexión conceptual y teórica sobre nuestra disciplina y sobre la imprescindible necesidad de no parcelación del conocimiento; ficticia parcelación que no se corresponde con los problemas sociales y psicológicos planteados en las sociedades contemporáneas. Si diversas son las formas en que se ha constituido la Psicología Social, también son diversas las maneras en que entendemos su aplicación. Es por eso que este libro no tiene una lectura unidireccional de esa dimensión aplicada de la Psicología Social. Los editores del mismo fuimos conscientes de que la reflexión que nos proponíamos llevar a cabo sobre la aplicación de nuestros conocimientos debía ser una tarea colectiva. Serían diferentes psicólogos sociales quienes, desde su experiencia en distintos campos aplicados, nos informasen de su visión de la Psicología Social y sus aplicaciones. Ha sido nuestra intención ofrecer una imagen no monolítica del área, propiciando, de esta forma, la reflexión y el debate sobre la Psicología Social desde su dimensión aplicada. Así, los diferentes capítulos que conforman este volumen son un reflejo de una Psicología Social (aplicada) en la que confluyen ideas y tradiciones teóricas y metodológicas diversas y, a veces, contrapuestas. Sólo nos resta agradecer la colaboración de todos los psicólogos sociales que participan en este libro.
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En la actualidad, el grupo de personas mayores forma un colectivo muy amplio en las sociedades avanzadas. Este colectivo demanda una gran variedad de servicios específicos, especialmente atención sanitaria, tanto en los aspectos físicos como psicológicos. Este libro trata de dos procesos psicológicos que tienen un marcado carácter activador para las personas: la motivación y la emoción. Hay una tendencia a pensar que con la edad aparece un deterioro progresivo de los procesos psicológicos. Sin embargo, el lector podrá comprobar que esta creencia no se ajusta a la realidad. Más bien al contrario, investigaciones recientes confirman que con la edad se alcanza una mayor competencia emocional.